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Retales de una depresión

Retales de una depresión

25 de junio de 2025

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Si yo escribiera poesía —cosa para la que no tengo talento ni ganas ni fuerzas ni capacidad ni tiempo—, estoy segura de que me parecería más a Bukowski que a Emily Dickinson. Llego a esta conclusión porque es mucho más probable que en cualquier texto mío aparezca la palabra «mierda» que la palabra «buganvilla». Tal vez porque no hace tanto que descubrí lo que era una buganvilla y la mierda, sin embargo, la he visto y olido desde todos los ángulos durante años. Además, esto es 2025, por Dios santo, ya nadie quiere ser Bukowski. Así que seguiré sin escribir poesía. Escribiré cosas crudas, como esta entrada, como siempre he hecho.


Hoy estoy aquí, en mi propio blog por primera vez en años, porque me ha apetecido escribir. Esto ya es una noticia en sí misma, porque hace años —literalmente, años— que nunca me apetece escribir. Y me ha apetecido escribir sobre depresión porque, en los últimos ocho meses, en mi vida ha habido poco más. Casi nada más.

Retales de una depresión

A lo mejor debería hacer un trigger warning de esos antes de seguir escribiendo, pero esta entrada se titula «Retales de una depresión» y en el primer párrafo hablo de Bukowski. Si alguien no ha pillado que de aquí en adelante va a ser todo feo, pues venga, vale, lo digo expresamente.


En los últimos ocho meses he pasado por todos los estados de ánimo posibles. Ha habido días buenos, claro. Y días espantosos. Y toda la gama que queda en medio de ambas cosas. También ha habido días que me parecieron muy malos y que ahora recuerdo con cierta nostalgia. Y días que parecían bonitos en los que, en realidad, estaba rota por dentro. He estado triste, muy triste, y eso puede parecer normal, pero es extraordinariamente raro para alguien como yo, a quien los disgustos suelen durarle tres minutos y medio.

Retales de una depresión

Pero hay una realidad: ni la tristeza más profunda me ha dado tanto miedo como la locura. Sí, he estado loca en estos últimos meses. «Loca» es una palabra que ningún psiquiatra o psicólogo aprobaría, supongo, pero no he conseguido encontrar otra que defina mejor mi estado. Y los profesionales de la salud mental sabrán mucho de lo suyo, pero yo sé de palabras, así que… me quedo con loca.

Loca era no controlar una sola de mis emociones. Loca era no saber lo que hacía. Loca era creer que había pasado media hora mirando a un punto fijo de la pared y descubrir que, en realidad, habían sido seis horas. Loca era pasarme una mañana entera trabajando y, al acabar, no tener ni idea de lo que había hecho. Loca fue una tarde en la que me di cuenta de que llevaba horas repitiendo en voz alta «¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?». ¿Cuántas veces pudieron ser? No lo sé y creo que me volvería loca de nuevo calcularlas.


La frase que más veces he oído en los últimos ocho meses es «Qué guapa estás». No me voy a quejar por ello, pero… no es cierto. No estoy más guapa. Lo que estoy es más delgada.

En las primeras cinco semanas tras el hundimiento (el momento en que una depresión que ya estaba allí explotó de forma definitiva), adelgacé 17 kilos. No porque los nervios me hicieran quemar lo que comía, sino porque, simplemente, no lo hacía. Llegué a estar seis días seguidos sin probar bocado. Y sí, había un nudo en el estómago que me impedía comer, pero eso no fue lo más grave. Cuando me di cuenta de que estaba verdaderamente jodida fue cuando ya sí tenía hambre, pero no fuerzas para levantarme y hacerme la comida ni para coger el teléfono y pedir una pizza, ni siquiera para entrar en una app y pedir mi comida favorita.

No tener fuerzas para comer cuando tienes hambre. Tal vez esa sea la mejor imagen de lo que es la depresión.


Hace un par de días fui a un concierto de Silvia Pérez Cruz y Salvador Sobral. En la canción Mañana, basada en un poema de Ana María Moix, cantaron:

Qué falsa invulnerabilidad la felicidad.

Y yo añado: «Qué auténtica vulnerabilidad la tristeza».


Ya estoy mejor, claro. Si no estuviera mejor, nadie estaría leyendo esta entrada porque me habría desinflado en algún paso del proceso (tener una idea > sentir el deseo de escribirla > encontrar unas horas libres para hacerlo > no flaquear en ningún minuto de esas horas > que no odie lo que he escrito > buscar imágenes para la entrada > corregir y releer el texto un par de veces > pulsar «publicar»).

No estoy feliz, no he dicho eso. Solo que estoy mejor (me atrevo a decir «mucho mejor», incluso). No sé si algún día volveré a ser feliz del todo, como siempre había sido, pero en eso estamos. De momento, me llega una felicidad a ratitos, aunque no pienso conformarme con eso para siempre. Me gusta citar a los grandes referentes intelectuales de la historia de la cultura, así que le robaré una frase al Richard Gere de Pretty Woman: «Sé lo que es quererlo todo. Yo inventé ese concepto». Pues yo no lo inventé, pero la mejor prueba que he encontrado de que la depresión no me ha vencido es que sigo queriéndolo todo. Incluida la felicidad 24/7.


La depresión me ha dejado curiosas secuelas. ¿La primera? Solo soy capaz de escribir en gallego (de hecho, este texto es la traducción del que aparece al final de la página). Me he pasado el 90% de mi carrera literaria escribiendo en castellano y ahora, al parecer, no sé hacer eso.

Segunda secuela: durante muchos meses, no he podido escuchar música. No hablo de ponerme un disco tristón y que eso me afecte. No. Hablo de subirme a un ascensor y, si había hilo musical, tener que bajarme. Hablo de estar escuchando un podcast y saltarme el jingle de inicio por pura necesidad. El único lugar donde no me ha pasado son los conciertos; he ido a varios y… sin problemas, lo cual demuestra lo random que ha sido todo lo que le ha pasado a mi cerebro. Ya estoy mejor de esto y, sin embargo, el otro día tuve que irme corriendo de una fiesta porque sonó una de las dos únicas canciones en el mundo que no puedo escuchar. Ya es mala suerte, por cierto.

Tercera secuela: de repente, soy una tía madrugadora. Esto no se lo va a creer nadie. Por razones que desconozco, como las de la música o la escritura en gallego, desde el día 24 de octubre en el que saltó por los aires lo que yo creía que era mi vida, he visto muchas más veces las 5.30 de la mañana recién levantada que aún sin acostar. Puede que sea lo más normal para otra gente, pero, desde luego, no para mí. No para la yo que era antes.


Mi día más feliz entre octubre y junio fue el 28 de abril. Sí, el día del apagón. Necesité que se apagara el mundo para encenderme yo.

Retales de una depresión

Mi amiga María Nieto, una de las tías a la vez más sabias y más locas que conozco (suponiendo que sean cosas diferentes), me descubrió hace poco el concepto de «felicidad vicaria». Consiste en que la felicidad de las personas a las que quieres te haga feliz a ti. Feliz de verdad.

Retales de una depresión

En los últimos tres años, solo he recibido una buena noticia profesional. UNA. En tres años repletos de noticias de mierda, solo una. Pero esa noticia fue que había ganado el Premio Xerais de Novela y compensó muchas cosas. No por ego (aunque también un poco, para qué engañarnos). Ha pasado un mes desde que se hizo público el fallo del jurado y tengo clarísimo qué es lo que más feliz me ha hecho de ganar. No es el dinero ni la posibilidad de publicar que ya veía casi perdida ni el reconocimiento público ni que haya llegado al fin la posibilidad de tener una carrera en gallego. Todo eso está MUY bien, pero nada me ha hecho más feliz que ver feliz a la gente que me quiere. Y esa gente era feliz porque me veía feliz a mí. Felicidad vicaria circular. Ojalá ese fuera el principio que rigiera el mundo.


En el que quizá fue el momento más bajo de mi proceso (y creedme que era un momento muy muy muy bajo), Leiva y Robe publicaron Caída libre, una canción sobre la depresión. Al parecer, Robe tiene el firme empeño de poner banda sonora a mi vida.

Hay un millón de muebles que mover y no sé detrás de cuál está lo que he perdido.

Si alguien encuentra una definición mejor de lo que es la depresión, que me lo haga saber, please.


En el 2014, me diagnosticaron por primera vez depresión. Moderada, dijeron. Yo estaba triste del carajo, no os voy a mentir. Si alguien hubiera pasado por todo lo que pasé yo en el periodo 2011-2014 y no estuviera triste, sí que habría un problema. Pero es que en aquel momento… no había un problema. No había una depresión. Había solo tristeza.

Es difícil distinguirlas. Sin entrar en términos patológicos, porque no sé más que lo que he vivido en carne propia, diría que en la depresión siempre hay tristeza, pero la tristeza no es siempre depresión. En 2014, dejé los antidepresivos de forma muy irresponsable y… no pasó nada. En 2014, todo lo que me atormentaba y tenía solución empezó a solucionarse… y dejé de estar triste. En estos últimos ocho meses, no quiero ni pensar en qué habría pasado si hubiera sido irresponsable con la medicación ni ha habido una gran diferencia entre que mis problemas se solucionaran o no.

Vivía mucho más tranquila cuando pensaba que aquello, lo del 2014, era una depresión. Ojalá nunca me hubiera enterado de que la depresión es algo mucho peor.


¿No tenéis cerca a alguna persona de la que los demás dicen siempre «Es que X es un desastre»? Yo quiero ser un desastre. Quiero ser un desastre y que la gente lo asuma como una característica —incluso una graciosa— de mi carácter. No acordarme nunca de los cumpleaños, no preguntar por sus familiares enfermos a mi gente querida, no felicitar los logros profesionales que veo que mis amigos comparten en redes. No preocuparme, en general.

Yo he sido un desastre los últimos ocho meses. He tenido de forma casi permanente un 1% de batería y he tenido que dedicarlo en exclusiva a tres cosas:

  1. Preocupar lo menos posible a mi gente más cercana (éxito muy limitado en este objetivo).
  2. Trabajar, trabajar y trabajar. Porque no podía volver a fracasar en eso o la depresión se multiplicaría. Lo tuve muy claro desde el principio y… lo he hecho MUY bien. No seré yo jamás quien presuma de no cogerse una baja laboral, pero tampoco puedo dejar de estar orgullosa de haber cumplido cada encargo y cada responsabilidad en un momento en el que no tenía fuerzas para casi nada.
  3. Sobrevivir. Y mira, caray, lo he hecho.
Retales de una depresión

Pero sí he sido un desastre en todo lo demás. He estado centrada en mí por completo porque, si incluso estándolo me ha faltado poco para no contarlo, no quiero ni pensar qué habría pasado si hubiera «diversificado esfuerzos».

Si alguien de mi vida, de mi entorno, se pregunta por qué he estado ausente, solo puedo decir dos cosas: «Lo siento» y «Estaba sobreviviendo». Y que, si no me perdonan algo, se pregunten si se lo perdonarían a esa otra amiga que «es un desastre [risas indulgentes]».


He viajado mucho en estos ocho meses. Londres, Eslovenia, Croacia, Egipto, Marruecos, Ámsterdam, Portugal, Túnez. Son las únicas semanas de esta temporada infernal en que he vuelto a ser realmente yo. La yo que era. Y es curioso (o no tanto) que me haya pasado justo cuando he huido de la realidad. Porque viajar, para mí, siempre ha tenido un poco de eso, de huida. Leí hace poco en un libro que no recuerdo cuál era (porque siempre anoto citas, pero olvido apuntar de dónde me las saco):

Viajar es fugarse de una misma entre los avisos de megafonía y el peso de la maleta.

Retales de una depresión

Supongo que la yo en la que me convirtió la depresión no podía encontrarse en su rutina y aparecía solo ahí, entre los avisos de megafonía y el peso de la maleta. Supongo que huía para reencontrarme.


Ha habido bajas en mi vida en estos ocho meses. Gente con la que hablaba con cierta frecuencia que no ha tenido ni un segundo para preguntarme qué tal estaba. No pasa nada, siempre he aceptado las altas y bajas de personas como parte del ciclo vital. Lo único que me ha molestado es que, al irse, no cerraran bien la puerta. Quedó tan entreabierta que algunos creyeron que era pertinente llamar cuando salí en portada del periódico porque había ganado un premio literario. Por suerte, la depresión me ha enseñado a comprar cerrojos.


Hace poco, alguien que me conoce bien y me quiere me dijo que yo solo consigo las cosas que implican sudar. Eso que llaman el mérito propio. Que vendí muchos libros en Amazon cuando nadie sabía quién era y lo único que importaba era que la historia gustara. Que me contrataron para dar clase en la universidad cuando el método de contratación era un concurso de méritos. Que gané un premio literario con una plica anónima.

Yo no tengo ni una sola posibilidad de conseguir nada si lo que tengo que hacer es caer bien, quedar bien, vender mi producto o persuadir. Pero ni una sola. Jamás ganaré uno de esos premios literarios que te llaman unos meses antes para ofrecerte. Jamás venderé novelas porque un departamento de marketing decida que soy el perfil elegido. Jamás conseguiré un puesto de trabajo porque alguien haga una llamada para recomendarme.

Y está bien, oye. Está bien, supongo. Da orgullo, dicen. Pero igual no estaría de más que una cosa en mi vida pudiera conseguirla con un poquito menos de sangre, un poquito menos de sudor y unas poquitas menos lágrimas.


La culpa. La puta culpa. Se habla de muchas cosas sobre la depresión (he leído mucho sobre ello estos meses, aunque solo fuera para intentar comprenderme), pero no veo que se hable lo suficiente sobre la culpa asociada.

Me he sentido culpable cada minuto de los ocho meses exactos que llevo en el abismo. Culpable por preocupar a la gente que me quiere. Culpable por estar tan triste cuando mis problemas son una mierda comparados con los de otra gente. Culpable por no agradecerle a la vida tener un techo, comida sobre la mesa y paz en mi entorno. Culpable por no trabajar con la energía con la que trabajaba cuando estaba sana. Culpable por hacerles daño a las personas que previamente me habían hecho (mucho más) daño a mí. Culpable por vivir en una pocilga los días en que no tenía fuerzas ni para meter un plato en el lavavajillas. Culpable por no cumplir con mis compromisos como amiga. Culpable cuando sí los cumplía porque lo hacía fingiendo sonrisas. Culpable por no sentir ilusión por ningún proyecto. Culpable por TODO.

Ojalá alguien me metiera en la cabeza que sentirse culpable por no ser funcional cuando tienes depresión es como sentirse culpable por tener fiebre cuando estás con gripe.


Lo mejor que me llevaré de estos meses es que he aprendido a abrirme el corazón en canal. Jamás he sido más fiel a mí misma, a pesar de todo. No me he callado nada que me importara, ni lo bueno ni lo malo. Tampoco pienso hacerlo desde ahora. He pedido perdón por cosas que sabía que no eran tan culpa mía, pero me produjo más paz mental reconciliarme que tener razón. He escrito una carta de cuatro folios a la persona que más daño me ha hecho en mi vida para proponerle una oferta de paz, aunque sospechaba que la rechazaría. He contado cosas en mi podcast que no sabían más de tres personas cercanas y me ha dado cero pudor hacerlo. Y también he escrito esta entrada eterna con las vísceras en la mano (aunque quizá nadie haya llegado hasta aquí leyendo y le haya escrito a la nada).

No me arrepiento de ninguna de las cosas que he hecho con el corazón y, sobre todo, con mis principios por delante. De aquel abismo de la etapa 2011-2014 me salvaron dos cosas: los libros y el feminismo (por razones que no vienen al caso). De este me salvarán también los libros, claro (siempre lo hacen), y mi fidelidad a mí misma, que es algo parecido a lo que decía ahí arriba de ir con el corazón por delante.

Se eu escribise poesía —algo para o que non teño talento nin ganas nin forzas nin capacidade nin tempo—, estou certa de que me asemellaría máis a Bukowski que a Emily Dickinson. Chego a esta conclusión porque é moito máis probable que en calquera texto meu apareza a palabra «merda» que a palabra «buganvílea». Talvez porque non hai tanto que descubrín o que era unha buganvílea e a merda vina e cheireina dende todos os ángulos durante anos. Ademais, isto é 2025, ceo santo, xa ninguén quere ser Bukowski. Así que seguirei sen escribir poesía. Escribirei cousas crúas, coma esta entrada, como sempre fixen.


Hoxe estou aquí, no meu propio blog por vez primeira en anos, porque me apeteceu escribir. Isto xa é unha nova en si mesma, porque hai anos —literalmente, anos— que nunca quero escribir. E apeteceume escribir sobre depresión porque, nos últimos oito meses, na miña vida houbo pouco máis. Case nada máis.

Retales de una depresión

Se cadra debería facer un trigger warning deses antes de seguir escribindo, pero esta entrada titúlase «Retais dunha depresión» e no primeiro parágrafo falo de Bukowski. Se alguén non pillou que de aquí en diante vai ser todo feo, pois veña, OK, dígoo expresamente.


No últimos oito meses pasei por todos os estados de ánimo posibles. Houbo días bos, claro. E días arrepiantes. E toda a gama que queda no medio de ambas as cousas. Tamén houbo días que semellaban moi malos e que agora lembro con certa nostalxia. E días que semellaban fermosos nos que, en realidade, estaba rota por dentro. Estiven triste, moi triste, e iso pode parecer normal, pero é extraordinario para alguén coma min, a quen os desgustos adoitan durarlle tres minutos e medio.

Retales de una depresión

Pero hai unha realidade: nin a tristeza máis profunda me deu tanto medo como a loucura. Si, estiven tola estes últimos meses. «Tola» é unha palabra que ningún psiquiatra ou psicólogo aprobaría, supoño, pero non conseguín atopar outra que defina mellor o meu estado. E os profesionais da saúde mental saberán moito do seu, pero eu sei de palabras, así que… quedo con tola.

Tola era non controlar unha soa das miñas emocións. Tola era non saber o que facía. Tola era crer que pasara media hora mirando un punto fixo da parede e descubrir que, en realidade, foran seis horas. Tola era pasar unha mañá enteira traballando e, ao rematar, non ter nin idea do que fixera. Tola foi unha tarde na que me dei conta de que levaba horas repetindo en voz alta «Por que a min? Por que a min? Por que a min?». Cantas veces puideron ser? Non o sei e creo que tolearía se o calculara.


A frase que máis veces oín nos últimos oito meses é «Que guapa estás». Non me vou queixar por iso, pero… non é certo. Non estou máis guapa. O que estou é máis delgada.

Nas primeiras cinco semanas tras o afundimento (o momento en que unha depresión que xa estaba alí estoupou de forma definitiva), adelgacei 17 quilos. Non porque os nervios me fixesen queimar o que comía, senón porque, simplemente, non o facía. Cheguei a estar seis días seguidos sen probar bocado. E si, había un nó no estómago que me impedía comer, pero iso non foi o máis grave. Cando me dei conta de que estaba de verdade fodida foi cando xa si tiña fame, pero non forzas para erguerme e facer a comida nin para coller o teléfono e pedir unha pizza, nin sequera para entrar nunha app e pedir a miña comida favorita.

Non ter forzas para comer cando tes fame. Talvez esa sexa a mellor imaxe do que é a depresión.


Hai un par de días fun a un concerto de Silvia Pérez Cruz e Salvador Sobral. Na canción Mañana, baseada nun poema de Ana María Moix, cantaron:

Qué falsa invulnerabilidad la felicidad.

E eu engado: «Que auténtica vulnerabilidade a tristeza».


Xa estou mellor, claro. Se non estivese mellor, ninguén estaría a ler esta entrada porque teríame rendido nalgún paso do proceso (ter unha idea > devecer por escribila > atopar unhas horas libres para facelo > non fraquear en ningún minuto desas horas > non odiar o que escribín > buscar imaxes para a entrada > corrixir e reler o texto un par de veces > pulsar «publicar»).

Non estou feliz, non dixen iso. Só que estou mellor (coido que «moito mellor», mesmo). Non sei se algún día volverei ser feliz de todo, como sempre fora, pero niso estamos. De momento, chégame unha felicidade a momentiños, aínda que non penso conformarme con iso para sempre. Gústame citar aos grandes referentes intelectuais da historia da cultura, así que lle roubarei unha frase ao Richard Gere de Pretty Woman: «Sei o que é querer todo. Eu inventei ese concepto». Pois eu non o inventei, pero a mellor proba que atopei de que a depresión non me venceu é que sigo querendo todo. Incluída a felicidade 24/7.


A depresión deixoume curiosas secuelas. A primeira? Só son quen de escribir en galego. Pasei o 90% da miña carreira literaria escribindo en castelán e agora, ao parecer, non sei facer iso.

Segunda secuela: durante moitos meses, non puiden escoitar música. Non falo de poñer un disco tristón e que iso me afecte. Non. Falo de subir nun ascensor e, se hai fío musical, ter que baixar. Falo de escoitar un podcast e saltar o jingle de inicio por pura necesidade. O único lugar onde non me pasou son os concertos; fun a varios e… sen problemas, boa proba do random que foi todo o que lle pasou ao meu cerebro. Xa estou mellor disto e, con todo, o outro día tiven que marchar correndo dunha festa porque soou unha das dúas únicas cancións no mundo que non podo escoitar. Xa é mala sorte, por certo.

Terceira secuela: de súpeto, son unha madrugadora. Isto non o vai a crer ninguén. Por razóns que descoñezo, como as da música ou a escritura en galego, dende o día 24 de outubro no que saltou polo aire o que eu cría que era a miña vida, vin moitas máis veces as 5.30 da mañá recén levantada ca aínda sen deitar. Pode que sexa o máis normal para outra xente, pero abofé que non para min. Non para a «eu» que era antes.


O meu día máis feliz entre outubro e xuño foi o 28 de abril. Si, o día do apagamento. Necesitei que se apagase o mundo para acenderme eu.

Retales de una depresión

A miña amiga María Nieto, unha das tías máis sabias e máis tolas que coñezo (supoñendo que sexan cousas diferentes), descubriume hai pouco o concepto de «felicidade vicaria». Consiste en que a felicidade das persoas que queres che fai feliz a ti. Feliz de verdade.

Retales de una depresión

No últimos tres anos, só recibín unha boa noticia profesional. UNHA. En tres anos repletos de noticias de merda, só unha. Pero esa noticia foi que gañara o Premio Xerais de Novela e compensou moitas cousas. Non por ego (aínda que tamén un pouco, para que mentir). Hai xa un mes dende que se fixo público o fallo do xurado e teño clarísimo que é o que máis feliz me fixo de gañar. Non son os cartos nin a posibilidade de publicar que xa vía case perdida nin o recoñecemento público nin que chegase á fin a opción de ter unha carreira en galego. Todo iso está MOI ben, pero nada me fixo máis feliz que ver feliz á xente que me quere. E esa xente era feliz porque me vía feliz a min. Felicidade vicaria circular. Oxalá ese fose o principio que rexese o mundo.


No que se cadra foi o momento máis baixo do meu proceso (e podedes crer que era un momento moi moi moi baixo), Leiva e Robe publicaron Caída libre, unha canción sobre a depresión. Ao parecer, Robe ten o firme empeño de poñer banda sonora á miña vida.

Hay un millón de muebles que mover y no sé detrás de cuál está lo que he perdido.

Se alguén atopa unha definición mellor do que é a depresión, que mo diga, please.


No 2014, diagnosticáronme por primeira vez depresión. Moderada, dixeron. Eu estaba triste de carallo, non vos vou mentir. Se alguén pasase por todo o que pasei eu no período 2011-2014 e non estivese triste, si que habería un problema. Pero é que naquel momento… non o había. Non había unha depresión. Había só tristeza.

É difícil distinguilas. Sen entrar en termos patolóxicos, porque non sei máis ca o que vivín en carne propia, diría que na depresión sempre hai tristeza, pero a tristeza non é sempre depresión. En 2014, deixei os antidepresivos de forma moi irresponsable e… non pasou nada. En 2014, todo o que me atormentaba e tiña solución empezou a solucionarse… e deixei de estar triste. Neste últimos oito meses, non quero nin pensar que pasaría se fose irresponsable coa medicación nin houbo unha gran diferenza entre que os meus problemas se resolvesen ou non.

Vivía moito máis tranquila cando pensaba que aquilo, o do 2014, era unha depresión. Oxalá nunca me decatase de que a depresión é algo moito peor.


Non tedes preto a algunha persoa da que os demais din sempre «É que X é un desastre»? Eu quero ser un desastre. Quero ser un desastre e que a xente o asuma como unha característica —mesmo unha graciosa— do meu carácter. Non acordarme nunca dos aniversarios, non preguntar polos familiares enfermos á xente querida, non felicitar os logros profesionais que vexo que os meus amigos comparten nas redes. Non preocuparme, en xeral.

Eu fun un desastre os últimos oito meses. Tiven de forma case permanente un 1% de batería e tiven que dedicalo en exclusiva a tres cousas:

  1. Preocupar o menos posible á miña xente máis próxima (éxito moi limitado neste obxectivo).
  2. Traballar, traballar e traballar. Porque non podía volver fracasar niso ou a depresión multiplicaríase. Tíveno moi claro desde o principio e… fíxeno MOI ben. Non serei eu xamais quen presuma de non coller unha baixa laboral, pero tampouco podo deixar de estar orgullosa de cumprir cada encargo e cada responsabilidade nun momento no que non tiña forzas para case nada.
  3. Sobrevivir. E mira: fíxeno.
Retales de una depresión

Pero si fun un desastre en todo o demais. Estiven centrada en min por completo porque, se mesmo estándoo pouco me faltou para non contalo, non quero nin pensar que pasaría se «diversificase esforzos».

Se alguén da miña vida, da miña contorna, se pregunta por que estiven ausente, só podo dicir dúas cousas: «Síntoo» e «Estaba sobrevivindo». E que, se non me perdoan algo, se pregunten se llo perdoarían a esa outra amiga que «é un desastre [risas indulxentes]».


Viaxei moito nestes oito meses. Londres, Eslovenia, Croacia, Exipto, Marrocos, Ámsterdam, Portugal, Tunes. Son as únicas semanas desta tempada infernal en que volvín a ser realmente eu. A eu que era. E é curioso (ou non tanto) que me pasara xusto cando fuxín da realidade. Porque viaxar, para min, sempre tivo un pouco diso, de fuxida. Lin hai pouco nun libro que non lembro cal era:

Viaxar é fuxir dunha mesma entre os avisos de megafonía e o peso da maleta.

Retales de una depresión

Supoño que a «eu» na que me converteu a depresión non podía atoparse na súa rutina e aparecía só aí, entre os avisos de megafonía e o peso da maleta. Supoño que fuxía para reencontrarme.


Houbo baixas na miña vida nestes oito meses. Xente coa que falaba con certa frecuencia que non tivo nin un segundo para preguntarme que tal estaba. Non pasa nada, sempre aceptei as altas e baixas de persoas como parte do ciclo vital. O único que me amolou é que, ao marchar, non pechasen ben a porta. Quedou tan entreaberta que algúns creron que era pertinente chamar cando saín en portada do xornal porque gañara un premio literario. Por sorte, a depresión ensinoume a mercar ferrollos.


Hai pouco, alguén que me coñece ben e que me quere díxome que eu só consigo as cousas que implican suar. Iso que chaman o mérito propio. Que vendín moitos libros en Amazon cando ninguén sabía quen era e o único que importaba era que a historia gustase. Que me contrataron para dar clase na universidade cando o método de contratación era un concurso de méritos. Que gañei un premio literario cunha plica anónima.

Eu non teño nin media posibilidade de conseguir nada se o que teño que facer é caer ben, quedar ben, vender o meu produto ou persuadir. Pero nin media. Xamais gañarei un deses premios literarios que che ofrecen uns meses antes por teléfono. Xamais venderei novelas porque un departamento de márketing decida que son o perfil elixido. Xamais conseguirei un posto de traballo porque alguén faga unha chamada para recomendarme.

E está ben, oes. Está ben, supoño. Dá orgullo, din. Pero igual non estaría de máis que unha maldita cousa na miña vida puidese conseguila cun pouquiño menos de sangue, un pouquiño menos de suor e unhas pouquiñas menos bágoas.


A culpa. A puta culpa. Fálase de moitas cousas sobre a depresión (lin moito sobre iso nestes meses, aínda que só fose para tentar comprenderme), pero non vexo que se fale o suficiente sobre a culpa asociada.

Sentinme culpable cada minuto dos oito meses exactos que levo no abismo. Culpable por preocupar á xente que me quere. Culpable por estar tan triste cando os meus problemas son unha merda comparados cos doutra xente. Culpable por non agradecerlle á vida ter un teito, comida sobre a mesa e paz na miña contorna. Culpable por non traballar coa enerxía coa que traballaba cando estaba sa. Culpable por facerlles dano ás persoas que previamente me fixeron (moito máis) dano a min. Culpable por vivir nunha pocilga os días en que non tiña forzas nin para meter un prato no lavalouzas. Culpable por non cumprir cos meus compromisos como amiga. Culpable cando si os cumpría porque o facía finxindo sorrisos. Culpable por non sentir ilusión por ningún proxecto. Culpable por TODO.

Oxalá alguén me metese na cabeza que sentirse culpable por non ser funcional cando tes depresión é como sentirse culpable por ter febre cando estás con gripe.


O mellor que me levarei destes meses é que aprendín a abrir o corazón en canal. Xamais fun máis fiel a min mesma, a pesar de todo. Non calei nada que me importase, nin o bo nin o malo. Tampouco penso facelo dende agora. Pedín perdón por cousas que sabía que non eran tan culpa miña, pero produciume máis paz mental reconciliarme que ter razón. Escribín unha carta de catro folios á persoa que máis dano me fixo na miña vida para propoñerlle unha oferta de paz, aínda que sospeitaba que a rexeitaría. Contei cousas no meu podcast que non sabían máis de tres persoas próximas e deume cero pudor facelo. E tamén escribín esta entrada eterna coas vísceras na man (aínda que non sei canta xente chegaría ata aquí lendo).

Non me arrepinto de ningunha das cousas que fixen co corazón e, sobre todo, cos meus principios por diante. Daquel abismo da etapa 2011-2014 salváronme dúas cousas: os libros e o feminismo (por razóns que non veñen ao caso). Deste salvaranme tamén os libros, claro (sempre o fan), e a miña fidelidade a min mesma, que é algo parecido ao que dicía aí arriba de ir co corazón por diante.